Alborge es uno de esos lugares que el río ha moldeado con paciencia. Enclavado en la ribera derecha del Ebro, este pequeño municipio guarda la calma de los pueblos que han vivido siempre mirando al agua. Sus calles de adobe y piedra conducen hasta la orilla, donde la corriente refleja chopos centenarios y el cielo cambia de color a cada hora del día.
El término de Alborge conserva testimonios de ocupación desde época prerromana, y su nombre delata el paso árabe por estas tierras: deriva del árabe al-burŷ, "la torre", lo que sugiere la existencia de algún elemento defensivo que vigilaba el paso del río. Durante la Edad Media perteneció al señorío de los Luna, una de las familias nobiliarias más poderosas del reino de Aragón. La iglesia parroquial de la Natividad de Nuestra Señora, de fábrica tardogótica con reformas posteriores, es el monumento más representativo del municipio y un buen testimonio de la arquitectura religiosa de la ribera.
El entorno natural de Alborge es uno de sus valores más destacados. Los sotos fluviales que bordean el término forman parte del corredor ecológico del Ebro, refugio de aves acuáticas y rapaces como el milano real. Los caminos rurales que recorren la huerta tradicional son ideales para el paseo a pie o en bicicleta, con el río siempre cerca y el silencio como compañero de viaje.